Hace unas semanas asistí a un concierto ejecutado por la Orquesta Sinfónica Nacional, dentro de su Temporada Internacional 2009. El programa se dividió en dos partes: la primera, el “Concierto para piano N 1 en si bemol menor Op.23”, de Pyotr Tchaikovsky; y la segunda, “la Sinfonía N 7 en la mayor Op.92”, de Ludwig van Beethoven. La experiencia fue bastante grata y la transcribo aquí porque tal vez las vibraciones que he tenido, sirvan de algo para el lector.
En la primera parte escuché maravillosas polifonías; el piano dialogaba con gran intensidad con la orquesta; el instrumento, muy bien ejecutado, transmitía y aportaba el tono melancólico a las piezas. Era como si se narrase una historia de amor, una historia en la que el piano fuese la voz del protagonista. Lo primero que escuché fue un Allegro dotado de un lirismo en el que el piano irrumpía con fuerza; luego, una pieza donde el piano fue más triste; y finalmente un Allegro, en el que la carga emocional llegaba a un límite insospechado. Esta primera instancia estuvo dotada de un lirismo único, el corazón se mezclaba con aquellas notas del piano, y daba la impresión de que éste contaba sus desventuras amorosas, desventuras expresadas por la orquesta; una especie de tormenta de sucesos, de recuerdos que envolvía la voz del protagonista, que narraba su infortunio a través del piano.
Nunca pensé que un texto musical podía remecerme tanto como lo había hecho el concierto para piano, era como si necesitara tomarme todo un día para reponerme de un golpe emocional, el receso fue menos que suficiente para sobreponerme a tal experiencia, y la orquesta se preparaba ya para embestirme con, a mi juicio, una de las obras más emotivas de la historia de la música: “La Sinfonía N 7 en la mayor Op.92”, de Ludwig van Beethoven. Todos los instrumentos dialogaban entre sí, jugaban, danzaban; una visión de inmensidad venía constantemente a mi mente; primero el “poco sostenuto”, un canto que anunciaba el infinito, la totalidad; luego el “Alegretto” en el que el corazón se me aceleró por completo, luego el presto, que fue a mi parecer el mejor momento de la sinfonía, debido a que sentí, poseía una mayor carga emotiva, y finalmente el “Allegro con brío”. Aquellas piezas representaban el infinito, no se limitaban a tratar de plasmar algo de este mundo, sin duda el tema aspiraba a más, lo que hizo que recordara la última escena de la película “La Amada Inmortal”. Recuerdo al escritor Valdelomar cuando planteaba que para el genio no existía un ritmo preexistente sino mas bien una sinfonía y que, y que tras experimentar una ruptura, un desconcierto, el genio lograba saltar de ese ritmo preexistente para crear uno completamente nuevo y agregarlo al universo; la verdad de estas ideas se comprueba con solo escuchar aquellas composiciones de dimensiones cósmicas.
de Ludwig van Beethoven.
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"Pandemonio, es una ciudad en la que deambulan Las Voces y en la que se aguarda eternamente al huésped, sea digno o indigno, sea bueno o malo. En su interior apretujados caídos revolotean en una sola carne, dispuestos a saltar al primer navío disponible, como una fuga de agua caliente.
Solo tendrás un segundo para decidir: Leer el Manual de la Naturaleza Doble, y dar la vida; o ser otro para siempre" El capitánTulik; José R. García.
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sábado, julio 04, 2009
Concierto de la temporada internacional 2009. Orquesta Sinfónica Nacional. Lima
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Música Clásica
miércoles, julio 01, 2009
Vibraciones Infernales. “Infernal Dance of all Kashchei’s subjects”
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Música Clásica,
Stravinsky
Sin duda el “Infernal Dance of all Kashchei’s subjects” es la pieza musical que más me ha atraído del mundo de la música clásica. Un texto polifónico lleno de deliciosas disonancias, instrumentos que estallan, irrumpen y recrean con una fidelidad espantosa lo que muy bien anuncia el título: una danza en el infierno.
En el comienzo de la obra surgen los metales anunciando, de la única manera en que se podía anunciar, un viaje hacia el averno. Escuchar aquellas primeras notas es sumergirse irremediablemente en aquella odisea. Los instrumentos surgen completamente impredecibles: los metales anuncian algo titánico, luego las cuerdas aparecen y crean el vértigo, la sensación de surcar los confines de lo desconocido. Stravinsky fusiona todos aquellos sonidos, los junta, los hace explotar y crea una visión de caos, de inmensidad; la ilusión de subir contra voluntad a la barca de Caronte.
Los instrumentos reconocibles en el texto son el violín, el contrabajo, el arpa, el clarinete, el oboe, el fagot, la trompa, la tuba, la trompeta, el trombón, el piano, el xilófono, los timbales; todos mezclándose, alternándose, durante toda la pieza. Los violines, y los contrabajos junto al arpa, el oboe, el clarinete y el fagot brindan el lirismo; los metales como la tuba y las trompetas anuncian sin cesar el ambiente titánico del infierno; el piano, el xilófono aparecen como si reflejasen el caos, la locura, momentos de desconexión con la realidad; y la percusión, que muy bien puede significar aquí el trote doloroso de nuestros corazones producto de aquella experiencia.
El final es como el salir de aquel mundo subterráneo, es irse alejando poco a poco de aquella visión. Se ingresa a un estado equilibrado, estado que se muestra en el “Lullaby of the Firebird”, el texto musical que sigue. El final del “Infernal Dance of all Kashchei’s subjects” lo he entendido entonces como un tránsito de un estado a otro.
Una representación que refleja aquello que desde niño temí y tuve la certeza de que tenía el poder de llevarme hacia la locura: la inmensidad. Desde pequeño tengo pánico de todas aquellas representaciones que me hagan imaginar por un momento la inmensidad; mi terror hacia las iglesias se debe a este hecho, contemplar aquellas imágenes de santos de proporciones infinitas me aterroriza. Stravinsky y su “Infernal Dance of all Kashchei’s subjects” es para mí, el equivalente a la suma de las representaciones homéricas, dantescas y nórdicas del infierno, todas resumidas en aproximadamente cuatro minutos y medio; una suma que sacude mi alma como cual condenado al hielo eterno. Llegado a este punto podría concluirse que esta pieza de Stravinsky, al tener el poder de acercar una visión de infinito, causa en mí un terror inimaginable, un terror que se supone, haría, como en el caso de los cuadros gigantes de santos, insoportable. Sin embargo este no es exactamente el caso, y es que no comprendo el motivo, pero a la misma vez que sé que la contemplación definitiva de las cosas inmensas desencadenaría en mí la locura, no puedo evitar buscar los medios que me acerquen más a esa experiencia, es como si mi espíritu, a pesar de saber que no lo puede lograr, intentara conocer la totalidad que lo rodea.
En el comienzo de la obra surgen los metales anunciando, de la única manera en que se podía anunciar, un viaje hacia el averno. Escuchar aquellas primeras notas es sumergirse irremediablemente en aquella odisea. Los instrumentos surgen completamente impredecibles: los metales anuncian algo titánico, luego las cuerdas aparecen y crean el vértigo, la sensación de surcar los confines de lo desconocido. Stravinsky fusiona todos aquellos sonidos, los junta, los hace explotar y crea una visión de caos, de inmensidad; la ilusión de subir contra voluntad a la barca de Caronte.
Los instrumentos reconocibles en el texto son el violín, el contrabajo, el arpa, el clarinete, el oboe, el fagot, la trompa, la tuba, la trompeta, el trombón, el piano, el xilófono, los timbales; todos mezclándose, alternándose, durante toda la pieza. Los violines, y los contrabajos junto al arpa, el oboe, el clarinete y el fagot brindan el lirismo; los metales como la tuba y las trompetas anuncian sin cesar el ambiente titánico del infierno; el piano, el xilófono aparecen como si reflejasen el caos, la locura, momentos de desconexión con la realidad; y la percusión, que muy bien puede significar aquí el trote doloroso de nuestros corazones producto de aquella experiencia.
El final es como el salir de aquel mundo subterráneo, es irse alejando poco a poco de aquella visión. Se ingresa a un estado equilibrado, estado que se muestra en el “Lullaby of the Firebird”, el texto musical que sigue. El final del “Infernal Dance of all Kashchei’s subjects” lo he entendido entonces como un tránsito de un estado a otro.
Una representación que refleja aquello que desde niño temí y tuve la certeza de que tenía el poder de llevarme hacia la locura: la inmensidad. Desde pequeño tengo pánico de todas aquellas representaciones que me hagan imaginar por un momento la inmensidad; mi terror hacia las iglesias se debe a este hecho, contemplar aquellas imágenes de santos de proporciones infinitas me aterroriza. Stravinsky y su “Infernal Dance of all Kashchei’s subjects” es para mí, el equivalente a la suma de las representaciones homéricas, dantescas y nórdicas del infierno, todas resumidas en aproximadamente cuatro minutos y medio; una suma que sacude mi alma como cual condenado al hielo eterno. Llegado a este punto podría concluirse que esta pieza de Stravinsky, al tener el poder de acercar una visión de infinito, causa en mí un terror inimaginable, un terror que se supone, haría, como en el caso de los cuadros gigantes de santos, insoportable. Sin embargo este no es exactamente el caso, y es que no comprendo el motivo, pero a la misma vez que sé que la contemplación definitiva de las cosas inmensas desencadenaría en mí la locura, no puedo evitar buscar los medios que me acerquen más a esa experiencia, es como si mi espíritu, a pesar de saber que no lo puede lograr, intentara conocer la totalidad que lo rodea.
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