En un monte habitaba un hombre. Entre las plantas son muy conocidos sus pasos primitivos y torpes, y en el fango es palpable aún su músculo. Historias abundan sobre los hombres, pero el hombre de éste monte solo haya la supervivencia en el susurro de las estelas.
Yo sé, que el estremecimiento del laberíntico monte indicó la huida de las ideas y las palabras. La naturaleza abandonó las convulsiones de la tierra, se perdió el movimiento guiado por la necesaria ilusión de las verdades.
Caía la noche y amanecía, pero un día en el monte dejó de anochecer. Todo era luz y los seres vivían y morían rápidamente, y sus corazones parecían no sufrir modificaciones.
En su hábitat, el hombre del monte comía lo que el no cultivaba, lo que rodaba maduro hacia sus pies él lo apretujaba entre sus dientes. Los animales cazados por otros animales, de vez en cuándo, por una maldición, se encontraban frente a él enteros y sangrantes. Él conocía los lugares especiales en los que acontecían éstas maravillas.
A pesar de las disposiciones, el hombre del monte se desgastaba en una balanza que no comprendía. Poco a poco fue olvidando todo; los lugares donde los frutos se desprendían, donde los cadáveres ofrecían su carne y los lugares donde los arroyos eran eternos. Olvidó dormir y cantar.
Ya no se visualizaba a un perro persiguiéndose la cola. Muy bien éste pudo ser el fin para el hombre del monte, pero la vida le ofreció vivir hasta cierto suceso.
En la aldea más cercana al monte habitaba un sastre. Era dueño de nada pero su trabajo era altamente cotizado por la minoría adinerada de la aldea. "Oh! su majestuoso pene se muestra reluciente y gigante en éste traje!", "Oh! su vagina luce jugosa y tan suave en éste vestido!"
Trabajando arduamente el joven hizo ampliar el comedor. Tuvo relaciones con una muchacha, más humilde que cualquiera y sin posibilidades de ascenso social. Pronto, pudo usar la mesa del comedor para albergar a su esposa, múltiples hijos, prostitutas, turistas, bandoleros, al sacerdote y a todos los bienaventurados compradores.
Luego de un año, el clima extraño del monte golpeó la aldea. Un fuerte viento acompañado de lluvia y truenos atemorizó a todos los habitantes. Un rayo cayó en el comedor del sastre y partió en dos el único objeto que le importaba: la mesa.
El señor más rico de la aldea, mandó al sastre al monte para calmar la situación. Se debe de dejar lo más preciado para obtener paz, y el más costoso traje era lo que por voto unánime debía de ofrecerse.
Top Navigation Menu
"Pandemonio, es una ciudad en la que deambulan Las Voces y en la que se aguarda eternamente al huésped, sea digno o indigno, sea bueno o malo. La puerta que haz abierto te lleva a esta ciudad, extranjero codiciado, atraído por una pequeña caja china que guarda los secretos que persigues. En su interior apretujados caídos revolotean en una sola carne, dispuestos a saltar al primer navío disponible, como una fuga de agua caliente.
No, no intentes cerrar la puerta o retroceder: No hay retorno a la ignorancia para el que decide abrirla, y nunca existió el cerrojo que forzaste, ni la llave que tenías atada al cuello. No hay un gato fuera ni dentro del país de la duda.
Ahora, solo tendrás un segundo para decidir: Leer el Manual de la Naturaleza Doble, perseguir, asesinar y conocer para salvar y dar la vida; o ser otro para siempre" El capitánTulik; José Ricardo García Corcuera
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 COMENTARIOS:
Publicar un comentario en la entrada